jueves, 17 de febrero de 2011

El peor consejo



A veces pareciera no haber otra salida. Nos cansamos tanto de dar consejos que no son escuchados que terminamos por callar.

He palpado muchas veces una frustración en papás y mamás que no logran influir para bien en sus hijos. También he notado ese desencanto en maestros, líderes espirituales y personas comunes que ven a sus hijos y amigos en un guión de una película que termina en tragedia y se rehúsan a cambiar la trama. A mí también me dan ganas de tirar la toalla a veces, cuando a pesar de las advertencias una y otra vez veo a quien quiero caer en problemas que se podrían evitar.

Por el otro lado, yo también he sido sordo a los consejos. Muchas veces no ha sido por torpe sino porque desde mi propia perspectiva lo que creía me llevó a tomar decisiones en otro sentido. Le agradezco a la vida tener la capacidad de reconocer que me he equivocado, pero regresando mi historia, veo que cuando tome la mala decisión, la información, creencias, miedos o anhelos de ese entonces me volverían a llevar por el mismo camino. Solamente la experiencia es la que poco a poco me va diciendo que vaya adquiriendo más información, ampliando mis visiones y despojándome de mis temores para poder ser más asertivo.

Es precisamente la experiencia la que me dice que si mis buenos consejos no son escuchados es porque quien los recibe (como ha sido en mi caso), desde su propia visión, no los considera tan buenos como quien está aconsejando. Entonces veré que probablemente un buen consejo se puede perder porque viene en el empaque equivocado o de la persona errónea en el momento inoportuno. El problema a veces estará en la forma y no en el fondo.

Por otra parte, un buen consejo trae una carga de acusación que dice: Lo que estás haciendo no está bien. Y a nadie le gusta del todo ser señalado.

De allí viene el desgaste. Nos preocupa la otra persona, nos damos tiempo para buscar las palabras adecuadas, el tiempo y la forma precisos. Nos quita a veces el sueño ese presagio de una tragedia que sufrirá quien queremos, pero ellos van confiados porque su perspectiva es diferente.

Entonces, un mecanismo de defensa puede mandar un mensaje: Déjalo, cada quien su vida y cada quien sus problemas, bastante tienes con los tuyos.

Durante mucho tiempo creí en la validez de la frase que dice: No hay peor consejo que el que no se ha pedido. Ahora seriamente dudo de ella.

Mis dudas comenzaron por dos sentidos claros. El primero, me llamó la atención que una de las Obras de Misericordia es "Dar consejo a quien lo ha de menester" aconsejar a quien lo necesita y no a quien lo pide. Es mi conciencia y no la petición del otro quien me dicta si debo aconsejar o no.

Otra razón para dudar de no dar consejos no pedidos está en el maravilloso regalo de la vida cuando me dio amigos que a pesar de mis negativas, de no contestar el teléfono o de mis reacciones agresivas se dieron el tiempo para decirme que estaba fallando a pesar de no haberles pedido su opinión. Gracias a esos consejos no pedidos creo ser mejor persona.

Por eso dudo que no haya peor consejo que el que no se pide. La conciencia me dicta que no hay peor consejo que el que pudiendo ayudar a salvar al amigo, acaba silenciado por el temor de ser entrometido.
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