Platicando con un amigo, salió el tema de cómo algunos hombres malos parecen contar con un permiso especial de la vida para hacer el mal y quedar aparentemente sin castigo.
¿Por qué esas personas -preguntaba mi amigo- hacen tanto daño y les va bien?

Por mi parte, considero que esas personas tienen en sí su peor castigo. ¿Qué peor castigo que vivir consigo mismas toda la vida?
A veces se desprecia, otras se oculta o se trata de acallar. Pero la conciencia permanece y no nos deja estarnos quietos. Cómo engañarnos y sentirnos tranquilos cuando sabemos que vamos dejando un rastro de enemigos en aquellos de quien nos hemos aprovechado.
Hablando de metáforas de vida, existe una que me gusta mucho y es comparar la vida con un carrito de supermercado. Podemos echarle lo que queramos, pero tarde o temprano hay que pagar.
Con base en esta metáfora, podemos hacer el mal, pero acabaremos pagando por ello. Y como decía, algunos echan en su carrito pescado podrido y se repiten a sí mismos que es pescado fresco y la peste les acompaña durante el viaje.
Otros, que no alcanzan a percibir el olor, se quedan con la idea de que aquel lleva pescado fresco y llegan hasta a envidiarlo.
Si dejáramos de juzgar las cosas de golpe y nos diéramos la oportunidad de juzgar en el largo plazo, veríamos que quien hace el mal no acaba bien y que así como la publicidad engañosa oculta los defectos de un producto así el mal suele ocultar sus consecuencias para hacerse atractivo.

La pregunta ahora es: ¿Envidiarías a quien está ahogado en deudas por su tarjeta de crédito? ¿No? Tampoco envidies a quien hace mal y aparentemente le va bien.
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