lunes, 7 de marzo de 2011

La paradoja del expulsado




Quienes han practicado o gustan de ver deportes de conjunto seguramente han tenido esta experiencia: Una expulsión de un jugador no siempre es malo, en ocasiones beneficia al equipo que en teoría se debería ver perjudicado.

Si el jugador que es obligado a salir de la cancha estorbaba en lugar de ayudar, no jugaba a tope y acusaba negligencia, lo mejor para su equipo es que lo saquen, porque así sus compañeros tomarán consciencia de la ausencia y no se confiarán, por el contrario se deberán esforzar para suplir una ausencia real, cosa que no harán mientras el jugador esté en la cancha.

Cuando practicamos deporte aficionado los fines de semana, no siempre entran a la cancha los mejores ya que la amistad, interés o el compañerismo tienen un peso importante al definir la alineación. Así que si el compadre viene crudo lo alineamos porque él es el que paga todos los domingos el arbitraje y nos da los uniformes cada temporada. Pero resulta que el compadre crudo no sabe si el balón real es el de la derecha o el de la izquierda, se lo lleva por velocidad cuantas veces quiere el contrario y con dificultad recorre de un solo esfuerzo veinte metros seguidos.

¿Cambiarlo? -Ni pensarlo, la última vez hizo un berrinche que casi acaba en tragedia.

Así que cuando el compadre confunde el balón con la entrepierna de otro jugador y resulta expulsado, el equipo se acomoda, suple la ausencia y juega mejor.

Muchas veces estar "completo" no es garantía de estar bien. Cristo nos mandó un mensaje muy claro en este sentido cuando nos invitaba a dejar una mano o un ojo fuera de la jugada porque es mejor entrar tuerto o manco al cielo que enteros al infierno.

Paradójicamente, las pérdidas que vamos sufriendo en nuestras vidas, expulsiones podríamos llamarles, no siempre significan una desgracia, a veces significan el motor de cambio que necesitamos para corregir nuestras vidas.

El despido de un trabajo que nos aleja de la "amistad" o el "negocio" inconveniente. La enfermedad que nos recuerda que somos efímeros. El robo sufrido que nos invita a reflexionar en el verdadero valor de lo material y lo espiritual. El accidente que nos da una segunda oportunidad. Todas esas expulsiones, contra nuestra voluntad, pueden sacar de nuestro campo algo que en teoría apreciábamos pero en realidad estorbaba para nuestro fin último.

De momento, al ver la tarjeta roja, sentimos que eso que ya no está en la cancha nos hará falta; después, terminado el partido el resultado nos puede enseñar que en realidad nos perjudicaba.
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